Osvaldo Dallera
Texto para la unidad 1
Texto para la unidad 1
El nacimiento del sujeto moderno

?El nacimiento del sujeto moderno*

 

 Ricardo Aveggio

 

Quisiera comenzar abordando el modo según el cual se ha configurado la noción de sujeto en la modernidad occidental. La práctica histórica ha situado una serie de circunstancias como demarcadoras del comienzo de dicho periodo, todas ellas las podemos, a mi juicio, sintetizar en un aspecto central: la razón como instrumento de producción de conocimiento a partir de lo cual es posible ejercer un dominio, un control intencionado tanto del hombre mismo como de sus circunstancias. Este rasgo que considero central ha sido indicado por Foucault como una noción a la que los pensadores le han otorgado una prioridad condicionante: “La filosofía occidental postulaba, implícita o explícitamente, al sujeto como fundamento, como núcleo central de todo conocimiento, como aquello a partir de lo cual la libertad se revelaba y la verdad podía eclosionar.”[1]

Si bien es posible, tal como él lo hace, cuestionar el papel fundante de dicha noción de sujeto, ésta opera y funciona como el punto de referencia cartesiano para la actividad humana a partir de los siglos XVII y XVIII. En este sentido (…) en tanto noción que se puede proponer como causal, como punto de origen respecto a ciertos procesos de la episteme moderna, es también un engranaje del aparato moderno. Se puede concordar con la lectura de Foucault, sin desechar al sujeto cartesiano, pero reubicándolo como una producción y también como un productor de los procesos históricos, sociales y culturales que ubicamos en la modernidad.

Pero ¿qué quiere decir hablar de sujeto moderno? Una primera cuestión a despejar es qué entendemos por sujeto. Considero que sólo es posible hablar de sujeto en la medida en que suponemos una intención. En este sentido, la noción de sujeto no se reabsorbe en la de individuo. Un individuo caminando sólo es un sujeto si a dicha acción se le supone una intención, o bien quien la realiza declara la intención de la misma (la intención como supuesta o declarada, en ambos casos dependiendo del lenguaje). La intención designa una voluntad orientada a la consecución de un cierto fin, un objetivo. Hay en este sentido una dimensión temporal de la intencionalidad, que se descompone en dos momentos lógicos necesarios, la acción y el fin. La intención es la realización, el despliegue de la posibilidad de elegir, de optar, de ordenar las propias acciones. Sobre la intención como carácter definitorio del sujeto es factible realizar el mismo ejercicio de cuestionamiento historicista, pero insisto, la historicidad de la misma no cambia su capacidad de participar del juego, sólo reubica la jerarquía con la que participa del mismo. En este sentido es que considero que la noción de sujeto moderno esta determinada por la atribución de intencionalidad, esa intencionalidad sólo será posible cuando el gran tema de de la libertad se trasforme en el telón de fondo sobre el que se desplegará el proyecto del hombre moderno. La intencionalidad y la elección sólo podían dibujarse sobre el espacio de la libertad como prerrogativa de la posición del hombre en el mundo. Si hubiese que ubicar un supuesto fundante de la imagen antropológica de la episteme clásica y moderna, éste sería a mi juicio la bandera de la libertad, flamantemente atada al mástil de la razón. Ahora bien, esta intencionalidad cobra distintas formas, distintas maneras de distribuirse en las regiones de lo moderno. Para analizar las performances del sujeto moderno tomaré como referencia tres textos de Michel Foucault “La verdad y las formas jurídicas”, el Curso “El nacimiento de la biopolítica” de los años 1978-1979 y el resumen del curso precedente titulado “La gubernamentalidad”. De dichas lecturas es posible sistematizar tres formas del sujeto. Primero el sujeto del conocimiento, el agente de la ciencia, aquella entidad razonante que hace uso de su entendimiento para producir un saber que dará paso al desarrollo de la tecnología. Es el sujeto que con su razón instrumentalizada se pondrá al servicio de su tiempo. En segundo lugar el sujeto jurídico-político, que será participe del movimiento de reconfiguración de las formas de gobierno y administración de los estados. En tercer lugar el sujeto económico, que participará de los juegos propios del mercado, de esa nueva región de lo social que poco a poco comenzará a cobrar una inquietante autonomía respecto de los modos de gobierno posibilitando la emergencia de una nueva zona de hábitat.

Los siglos XVI y XVII darán a luz al sujeto del conocimiento, una nueva forma de subjetividad que se caracteriza por la preeminencia otorgada a la búsqueda de conocimiento en el campo de la experiencia que rodea al individuo. Esta subjetividad se organiza a partir del anhelo de una certeza absoluta, de un saber que se postule como verdadero. Indudablemente las epistemes anteriores también poseían sus certezas, sin embargo las maneras de validación de las mismas respondían a estructuras diferentes. En la modernidad la verdad debe ser descubierta a partir de una actividad conducida según los principios de la razón y el entendimiento, este punto dará nacimiento a la práctica científica como formalización de una actividad racional y sistemática. Se produce una fractura con epistemes anteriores caracterizadas por la obtención de una certeza en las que la verdad era revelada por una autoridad mágico-divina. Así la certeza, en tanto efecto subjetivo de la verdad, es posible a partir de una deslocalización de la autoridad, esa autoridad antes situada en una Otredad del sujeto, pasa ahora a ser una propiedad que depende del uso de la razón. En este sentido es que la obra Descartes se considera el despunte de esta reconfiguración, en tanto que es capaz de producir una certeza al interior del sujeto teniendo como fundamento la actividad pensante. No reproduciré aquí el proceso cartesiano, simplemente quisiera destacar una cuestión que me parece central: el movimiento nuclear del nacimiento del sujeto cartesiano es que la certeza brota como producto de una vuelta de la razón sobre sí misma. Un rizo de la razón sobre sí misma, es el desdoblamiento de la relación de conocimiento sujeto-objeto, pero quedando ubicado el sujeto como objeto para sí mismo. Este hacerse objeto para sí misma es el principio del nacimiento del sujeto de conocimiento. Se dibujan dos campos de exploración posibles para que la razón pueda descubrir en ellos la verdad y alcanzar la certeza, dos formas de alteridad, de otredad: el mundo desintencionado, es decir el mundo como objeto, y por otro lado el sujeto mismo como campo de conocimiento.

El camino del mundo como objeto desintencionado, conduce a la naturalización de la res extensa, dando lugar al naturalismo como fundamento del empirismo científico.

El camino de lo que llamaré “el problema del sujeto como Otro para sí mismo”, dispondrá un nuevo orden de realidad a conocer, así como también una nueva dimensión de problemas y debates en torno al estatus mismo del sujeto,(…) (L)a vuelta del sujeto sobre si mismo agregará un movimiento más: conocimiento/desconocimiento/reconocimiento. (…), (E)l reconocimiento, introducirá un nuevo problema propiamente moderno: el de la identidad de sujeto, avistando así un territorio de su propia alma que le sería desconocido, inexplorado, y que se presenta de manera íntimamente extranjera, se le tiende un velo, tras el cual supone que existe algo que le es propio, que le pertenece pero que desconoce.”Pues es de suyo tan evidente que soy yo el que duda, el que entiende y el que desea, que no es necesario añadir nada para explicarlo”[2].Y más adelante “En fin, yo soy el mismo que siente, es decir, que recibe y conoce las cosas como por lo órganos de los sentidos, puesto que en efecto , veo la luz, oigo el ruido, siento el calor”.[3] Así se expresa Descartes en la “Meditaciones metafísicas”, en ellas podemos ver una expresión que refleja el problema central de la cuestión de la identidad, del otro para sí mismo “…yo soy él…”, “ …soy yo el…”; duplicación del sujeto que emplaza el desconocimiento se ese Otro que es él mismo, para luego en un movimiento de reconocimiento concluir con certeza que ese otro es también él, movimiento de alternancia que permite la obtención de una clausura identitaria. La identidad emerge como síntesis de las operaciones de conocimiento/desconocimiento aplicadas por el sujeto sobre sí mismo como Otro, pero además el reconocimiento se yergue como un saber sobre él mismo. Cuando digo que una de las performance del sujeto moderno es su estatuto epistémico, me refiero precisamente a la producción de una certeza como consecuencia de una relación de saber respecto a si mismo y al mundo natural que lo rodea. El saber permite el acceso a la verdad. La forma que adquiere la intencionalidad, el modo de sujeción es el de conocer, desconocer y reconocer.

Una segunda disección que podemos realizar sobre las formas de sujeción de la subjetividad moderna es la jurídicopolítica. Este estatuto hace a la forma en que el individuo es gobernado en su convivencia con otros individuos, al cómo se sujeta a una forma de ejercicio del poder sobre sí, y cuya consecuencia es la determinación de una modalidad de subjetivación definida históricamente por dicha estrategia del ejercicio del poder. La modernidad se caracteriza por el nacimiento del estado nación y el concepto de soberanía, por lo que intentaré caracterizar, siguiendo a Foucault, el modo de sujeción que dichos conceptos involucran.

La soberanía es el producto de la expresión de la voluntad jurídica del individuo que se materializa en el establecimiento de un contrato. El contrato es una realidad dialéctica, en la que confluyen dos o más voluntades estableciendo acuerdos, en el caso de la soberanía, el acuerdo consiste en la restricción de las voluntades mediante la operación de renuncia por parte del sujeto al libre ejercicio de sus elecciones, decisiones y acciones. Ese terreno de su libertad es depositada en un lugar Otro que no es él mismo ni aquel otro con el que establece el contrato, sino una dimensión tercera en la que las voluntades renunciadas se alojarán. El estado soberano nace como el espacio circunscrito por las restricciones del contrato, delimitando así una plano en el que los lazos del sujeto con los otros sujetos se encuentran regulados por la interdicción que resguarda el interés o el bien en común. El sujeto jurídico-político es en esencia un sujeto de renuncia, de la sustracción y de la transferencia de un sector de su libertad a un espacio de soberanía, que un modo de gobierno deberá administrar. Esa será la función de la política como arte de administración del poder que los mismos sujetos han transferido al estado como movimiento de constitución de la soberanía. La soberanía se ejercerá a partir de los tres poderes del estado, ejecutivo, legislativo y judicial, administrando así el poder que la renuncia del sujeto entregó para poder garantizar mediante los medios necesarios la estabilidad de los lazos sociales. Si el poder es la capacidad de modificar las acciones de alguien o algo, entonces el sujeto jurídico-político es el que “entrega” (léanse las comillas como gesto de ironía) a Otro el derecho a restringir, y por lo tanto modificar sus propias acciones. La evidencia del potencial cuestionamiento de esa “entrega”, de esa “delegación”, no hace inútil su mención. ¿Podemos hablar de entrega o delegación?, ¿es ésta un libre ejercicio de la voluntad individual a favor de la voluntad general o del bien común?, ¿acaso tenemos opción?, ¿no es acaso necesario, previo al pacto fundacional, suponer un estado prácticamente natural de absoluta libertad, a lo que cada uno renunciaría para acceder al contrato que funda lo social?. ¡¿A qué renunciamos?!, es de suponer que renunciamos al libre ejercicio de nuestra intención, cualquiera sean sus consecuencias. Insisto, ese momento primero, anterior a toda renuncia, a toda restricción contractual ¿no es acaso el punto mítico exterior a la lógica-jurídico política? Sólo quisiera destacar suficientemente que el pacto contractual, al que el sujeto se articula por vía de la renuncia, supone una temporalidad entre libertad absoluta y libertad restringida.[*] Retomando las implicancias del nacimiento de la “soberanía”, éste gesto lleva a lo que Foucault denomina el pasaje del territorio a la nación, el primero se definía a partir de la extensión geográfica del ejercicio del poder, en cambio el segundo se caracterizará por un ejercicio del poder sobre el individuo mismo debido a que éste, por vía de la renuncia y el contrato ha entregado al estado la soberanía, el señorío, de un cierto rango acciones quedando anudado, sujetado a otros a través el pacto jurídico. Esta forma de sujeción condiciona la subjetividad moderna bajo la forma de los derechos y deberes ciudadanos. Derechos otorgados por el Otro soberano que los representa a todos, y deberes exigidos por el mismo como forma de asegurar su filiación. Derechos y deberes se articulan en la lógica del intercambio bajo las formas del dar y el recibir. El individuo da parte de su libertad, de sus ingresos, de sus acciones y a cambio recibe el resguardo de sus derechos, he ahí el supuesto básico del estado de derecho en el que el que se realiza la sujeción del individuo produciendo el sujeto jurídico-político. La forma que adquiere la intencionalidad en la sujeción jurídica es la de la renuncia.

El estatuto económico del sujeto corresponde a lo que Foucault, en su seminario “El nacimiento de la biopolítica”, de los años 1978-1979, denomina el homus economicus.

Este homus economicus correspondería a la aparición progresiva de una figura antropológica a imagen y semejanza de los procesos propios del mercado. Una progresiva y silenciosa extrapolación de las formas de comprensión económica a ámbitos no económicos, como la familia, las relaciones de pareja, etc. De ésta forma aparecen términos como “recursos humanos”, por dar un ejemplo. El núcleo central de esta clave interpretativa será la relación costo beneficio. Cada acción tiene en perspectiva alguna consecuencia beneficiosa que justifique la realización de la misma. Por lo tanto la acción se transforma en inversión, debido que su realización misma lleva a una consecuencia que, en cierto sentido, anula o repara las perdidas que el esfuerzo mismo de realización requirió. El logos mercantil supone que las acciones de los sujetos económicos se llevan a cabo teniendo siempre en perspectiva la minimización de los costos y maximización de los beneficios. Esta lógica circunscribe lo que Foucault denomina el sujeto de interés que persigue siempre la mayor utilidad de sus acciones. “Un sujeto económico es un sujeto que, en sentido estricto, busca como sea maximizar su beneficio, optimizar la relación ganancia/perdida; en un sentido amplio: aquel cuya conducta sufre la influencia de las ganancias y las pérdidas que se le asocian”. [4]

Uno de los movimientos histórico-político trascendentales es la instalación de la economía política como forma de gubernamentalidad, esto es, utilizar la relación costo-beneficio como criterio para la toma de decisiones políticas. De esta manera se destituye la noción de política económica, entendida como el manejo intencionado del funcionamiento del mercado por parte del gobernante, para comenzar a gobernar según lo límites que el mercado mismo, que de ahora en adelante se impondrá al ejercicio del poder político. Se configuran así, contingencias de sujeción que condicionaran la conformación de subjetividades, la forma de subjetividad que Foucault denomina sujeto económico se caracteriza por el imperativo de no renunciar sus intereses. La liberalidad en el manejo de los intereses de los sujetos económicos conlleva la necesaria adjudicación de una libertad absoluta en el ejercicio de los mismos. No renunciar, todo es posible, he ahí el axioma constituyente de la sujeción liberal. Los gobernantes, por su parte, deben garantizar un marco de liberalidad para que los individuos puedan hacer libremente con sus intereses, constituyendo así el gran campo del libre-mercado en donde la competencia será la clave de articulación de los intereses de los individuos entre sí, posibilitando así una nueva forma de lazo social. La racionalidad económica nos lleva a una comprensión del comportamiento intencionado del sujeto en el qué éste utilizará todos sus recursos intelectuales para evaluar la relación de su interés con las variables del entorno en el que los primeros encuentren satisfacción. El ambiente mercantil se conforma por el derrame masivo de los intereses individuales, dando lugar a la geografía de valores en la que cada especie individual luchará de manera competitiva por obtener el mejor resultado en su adaptación, en su inserción en este espacio de intercambio de intereses, de valores, que es el mercado. El mercado se constituye así, en el espacio común donde el individuo comparte su sujeción con otros individuos, la contraparte del interés irreducible es el mercado en el que el ejercicio del interés particular repercute necesariamente en el comportamiento de la masa indiferenciada del mercado. Esta operación es la que A. Smith denominó la “mano invisible” que conduce al bien común, de todos los ciudadanos del mercado, siempre y cuando dejemos hacer, sin imponer más restricciones que las leyes mismas del comercio y los intereses individuales (en Chile lo conocimos –y lo seguimos conociendo- bajo la forma de la “política del chorreo”). Es importante resaltar que la máxima fundamental de esta modalidad de sujeción es la irreductibilidad del interés y de la decisión de un individuo. No es posible explicar el interés del sujeto económico por remisión a otra dimensión, el interés es en sí mismo, no remitiendo a ninguna realidad que no sea el beneficio que el sujeto mismo obtendría con su satisfacción en relación con la utilidad. Es éste uno de los preceptos fundamentales del estatuto económico del sujeto, una suerte de estatuto óntico del interés irrenunciable que se orienta siempre hacia la obtención de la utilidad, entendida como minimización de los costos y maximización de los beneficios.

Foucault destaca el conflicto entre el sujeto jurídico-político y el sujeto económico, destacando que el primero tiene como condición la renuncia, mientras que el segundo la condición es la no-renuncia. Este conflicto nodular, a mi juicio, es el que consolida la problemática jurídica-política-económica de la modernidad en torno a la modalidad de gubernamentalidad. Izquierda y derecha, son las posiciones en torno a la definición del bien o inertes común. ¿El “bien común” se define a partir de un pacto contractual o bien como consecuencia de dejar hacer a los intereses en el campo del mercado?

(….) (Q)uisiera dejar planteada una pregunta fundamental en lo que respecta al problema del sujeto económico. Si hemos caracterizado, al menos según la mayoría de los discursos oficiales, a la subjetividad moderna a partir del lugar entregado a la razón ¿es la razón en sí misma el punto germinal a partir del que se producirán los cambios socio-culturales que darán a luz las nuevas formas de organización políticas y económicas? O bien ¿son estas nuevas formas de organización las que requieren de la razón para poder argumentar su legitimación? Esta inversión nos permitiría por ejemplo plantear el siguiente problema: ¿Todo análisis de una decisión racional, que articula instrumentalmente medios y fines, es asimilable a una conducta económica que persigue la utilidad a través de la relación costo-beneficio? ¿Es la razón liberal moderna finalmente, nada más que el resultado de una aplicación de modos de comprensión económico a la inteligibilidad del pensamiento y la voluntad? En la perspectiva de ésta última pregunta la razón sería el referente epistémico que permitiría instrumentalizar las nuevas condiciones políticas, sociales y económicas producto del devenir histórico. En este sentido es que el sujeto del conocimiento, no sería la causa de la historia, como lo denuncia Foucault en “La verdad y las formas jurídicas”, sino más bien la historia es la causa del sujeto.

 

Notas

 

1- FOUCAULT, M: “Las estrategias de poder”, 1ª edición, Barcelona, Ed. Paidós, 1999. pag.171.

 

2- DESCARTES, R: “Meditaciones metafísicas”, 3ª edición, Santiago de Chile, Ed. Universitaria, 1996. Pag 42.

 

3- Ídem, pag 43.

 

4- FOUCAULT, M: “El nacimiento de la biopolítica”, 1ª edición, Buenos Aires, Ed. Fondo de Cultura Económica, 2007. Pag. 301

 

 

* Fragmento del artículo “Del estatuto epistémico, político y económico del sujeto moderno, hacia una problematización libidinal del sujeto del inconsciente”. En: http://virtualia.eol.org.ar/018/pdf/miscelaneas_aveggio.pdf

18 Octubre / Noviembre – 2008. Última consulta: 23 de marzo de 2010 Lo resaltado en negritas es mío.

 

 

 

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